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El viaje de J.
"Pues no del todo mal, aunque los he tenido mejores." - Contestó J. a su madre cuando ésta le preguntó sobre su viaje a la ciudad de las casas grises. No quería alarmar demasiado a su progenitora.
Al fin y al cabo un robo es un robo y tampoco se perdió nada realmente 'valioso'. tarjetas de crédito, la ropa para el día siguiente, un teléfono móvil, reproductores de música, bolsas de aseo, algún que otro carné y las mochilas que contenían todo aquello. Quizá lo que más dolió a primera vista a J. y sus compañeros de fatigas, fue el hecho de verse obligados a afrontar un viaje de vuelta con los mismos ropajes (y sus respectivos olores) con los que salieron del antro donde tuvo lugar el concierto. Eso y el cepillo de dientes.
Si lo pensamos mejor, quizá deberían haberse preocupado más por decidir los pasos a seguir con calma. Pero claro, dile eso a cuatro jóvenes recién salidos del éxtasis de la música y las luces a coro que se encuentran con que han doblado la puerta del coche. En esta vida hay muchas cosas que querrías ver dobladas (tu sueldo, las películas japonesas o las raciones de patatas del Mc Donald's) pero desde luego no la puerta de tu coche. Menos mal que uno de ellos, F., tuvo la precación de llevar dinero encima, por si le entraba el afán consumista y se compraba una camiseta del grupo al que habían ido a ver. Eso les permitió afrontar los gastos que les esperaban de gasolina y peajes.
Así que a cancelar tarjetas y a buscar una comisaría de la policiá local, conocida como los mozos de enaguas, o algo parecido.
Cuando por fin salieron de la comisaría de policía, tras la pertinente denucia y la no tan pertinente espera de dos horas, les esperaba lo peor: decidir. Llevar a M. al hostal donde se alojaba, cenar algo y viajar al pueblo de los turistas locos, al norte de la ciudad de las casas grises eran los pasos a seguir. Pero, ¿cómo puede uno a las cinco de la madrugada plantearse un viaje de una hora por carretera hasta un pueblo para despertar a la persona que te aloja, dormir un par de horas y volver de nuevo al día siguiente? Mejor solución: a dormir en el coche. Una cosa está clara, J. tendrá anécdotas que contarle a sus nietos a raíz de este viaje.
El ataque de risa por el que me preguntaban antes vino a raiz del pinchazo. Hacia las dos horas de viaje una de las ruedas del coche pinchó. Entre risa y risa consiguieron cambiarla sin mayor problema. Lo que no hacía tanta gracia a J. era el hecho de haber dormido tres horas en el coche junto a unos pies que cantaban (el equivalente pédico a un coro de cantos gregorianos) y tener por delante un viaje que acabaría durando diez. Los percances como el antes comentado, el atasco debido a un escape de agua y las contínuas paradas a descansar y cafeinarse un poco retrasaron la vuelta al hogar.
En verdad fue toda una experiencia.
Lo peor de todo: no tocaron "The Grudge". Eso sí que dolió.
Salut!
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